Santiago ya tomaba café antes de ser república
Hay una idea que se repite tanto que perdió su filo: que el café llegó a Chile como una moda extranjera, algo que se importó junto con el resto de las costumbres europeas del siglo XX. No es tan simple. Cuando Santiago todavía era una ciudad colonial, gobernada desde España y sin la menor idea de que en unas décadas más se declararía independiente, ya existían locales que se llamaban a sí mismos café. La costumbre de reunirse ahí es más vieja que el país, aunque conviene ser honestos con lo que sabemos de esos primeros locales y lo que no.
El local de la Calle del Rey
En 1773, treinta y siete años antes del cabildo abierto que dio origen a la primera Junta de Gobierno, abrió en Santiago lo que las crónicas registran como el primer café conocido en Chile. Funcionaba en la Calle del Rey, lo que hoy es calle Estado, a pasos de la Plaza de Armas, y combinaba dos tradiciones que en España convivían sin problema: la del café y la de la fonda. Ahí los jóvenes de la ciudad se reunían a beber, jugar naipes y hablar de lo que fuera. Vale la pena una aclaración: los registros hablan de naipes y de beber, pero no precisan qué tomaban esos jóvenes, y algunos de estos primeros locales coloniales funcionaban más como garitos de juego que como sitios pensados para servir la infusión. Se les llamaba café por el modelo español que imitaban, aunque el café mismo no siempre fuera el protagonista.
Treinta y siete años después, a media cuadra de esa misma esquina, un grupo de vecinos se reunió para formar la primera Junta de Gobierno. La coincidencia geográfica no prueba nada por sí sola, pero tampoco es casual: donde hay café, hay gente juntándose a hablar de lo que importa.
Del salón literario al club de los hombres serios
Pasaron las décadas y la costumbre de reunirse cambió de forma, aunque no de fondo. Hacia 1840 apareció en Santiago el Salón Literario, un espacio donde la aristocracia invitaba a escritores y artistas a conversar de arte y de ideas, calcando, con bastante honestidad hay que decirlo, el modelo de la tertulia francesa. Era otra manera de hacer lo mismo que se hacía en la Calle del Rey setenta años antes: juntar gente alrededor de una mesa para que hablara.
En 1864 esa costumbre se institucionalizó. El 8 de julio de ese año, en la casa de Joaquina Concha de Pinto, ubicada justo en la esquina de Estado con Huérfanos, otra vez cerca de la Plaza de Armas, un grupo de aristócratas fundó el Club de la Unión. Su primer director fue Manuel José Yrarrázaval, que años después terminaría liderando el Partido Conservador. El club nació con un objetivo curiosamente moderno para la época: ser un espacio donde hombres de distintas corrientes políticas, liberales y conservadores, pudieran encontrarse a debatir sin que la diferencia de bando impidiera la conversación. Ahí se hablaba de política, de literatura, se jugaba billar y, por supuesto, se tomaba café. El club cambió de sede varias veces (un incendio en 1869 destruyó buena parte de sus registros originales) hasta instalarse en 1925 en el edificio de la Alameda donde sigue funcionando hoy, ya declarado Monumento Histórico.
Lo que empezó como una fonda de barrio para jugar naipes se había convertido, en menos de un siglo, en una institución donde se decidían cosas.
El mayordomo que terminó con un restaurante a su nombre
La historia de la Confitería Torres tiene ese tipo de origen que parece inventado y no lo es. José Domingo Torres trabajaba como mayordomo de una familia aristocrática santiaguina y se había hecho famoso en el barrio por sus alfajores, sus chilenitos y un postre llamado huevo mol. Su fama creció tanto (lo pedían prestado otras familias para que cocinara en sus casas) que en 1879, en plena Guerra del Pacífico, terminó con un local propio. Así nació la Confitería Torres, primero en Ahumada con Huérfanos y desde 1904 en el Palacio Íñiguez, sobre la Alameda, donde sigue funcionando hasta hoy.
El local se transformó rápido en punto de encuentro de políticos, escritores y presidentes: Ramón Barros Luco iba tan seguido que terminó dándole nombre a un sándwich que pidió una tarde combinando carne y queso caliente, hoy un clásico de cualquier fuente de soda chilena. En septiembre de 1910, cuando el país celebraba el Centenario de su independencia, la Confitería Torres fue el escenario del vermú de honor ofrecido al cuerpo diplomático invitado a los festejos. Un café que nació de la reputación de un mayordomo terminó siendo, literalmente, sede de una celebración de Estado.
La Belle Époque también se tomó un café
A principios del siglo XX Chile vivía un momento de bonanza (el salitre estaba en su mejor pie) y esa prosperidad se notaba en la vida social de Santiago. Aparecieron cafés más elegantes, pensados para una sociedad que quería parecerse a las capitales europeas que empezaba a visitar. El salón de té de Gath y Chaves se convirtió en uno de los puntos más finos de la ciudad, y el café del Hotel Crillón siguió el mismo camino poco después. Ya no se trataba de un local de naipes ni de un club exclusivo de hombres: era una vitrina de la nueva riqueza del país, con mesas donde se cerraban negocios tanto como se coqueteaba.
El mismo grano, otro país
Mientras todo esto ocurría en Chile, en Colombia el café llevaba ya más de un siglo echando raíces. Se cree que fueron los jesuitas quienes cultivaron los primeros cafetos del país hacia 1732, en la región del Orinoco, mucho antes de que nadie imaginara que ese cultivo terminaría definiendo la economía y la identidad de una nación entera. Dos historias que corrieron en paralelo, la de un país que aprendió a cultivar el grano y la de otro que aprendió a reunirse alrededor de él, y que, casi trescientos años después, siguen cruzándose cada vez que alguien se sienta a conversar con una taza en la mano.
El escritor Manuel Peña Muñoz lo resumió mejor que cualquiera: "En torno a una taza de café se gestan ideas, revistas poéticas y ediciones de libros". Eso hicieron el Salón Literario, el Club de la Unión y la Confitería Torres, cada uno a su manera y en su época. Es lo mismo que buscamos nosotros, tres siglos después de que un jesuita plantara el primer cafeto en el Orinoco: un lugar donde el café colombiano, de origen y tostado propio, siga siendo la excusa para que la gente se junte a hablar.
Dejar un comentario